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Anécdotas y otras curiosidades sobre Bogotá

Por: jstorres
Publicado el: Diciembre 2018
En esta segunda entrega, ¿cuántas iglesias y conventos alcanzó a tener la ciudad? ¿ Cómo se llamaban las antiguas calles de la ciudad?

Cooperativa lechera

En 1908 se crea la primera Compañía Cooperativa de Leche, bajo la dirección del empresario Nemesio Camacho, quien donaría después los terrenos para construir el estadio de fútbol. La cooperativa promueve el consumo de leche sin agua, sin químicos ni aditamentos para rendirla. La botella se vende a cuatro centavos.

Las dos Bogotá

Bogotá (pueblo de indios), y Santafé (pueblo de españoles) coexistieron durante algún tiempo. Varios documentos del siglo XVI se refieren a la “encomienda de Bogotá”, y en el antiguo mapa que dibujó el cacique don Diego de Torres, hacia 1538, se aprecia que existió un gran pueblo Santafé, en la margen izquierda del río Bogotá (que corresponde a la actual Bogotá), y otro que corresponde a Bogotá, en las márgenes derechas del río, cuya ubicación puede ser el actual Funza o un lugar cercano entre Funza y Cota. El nombre de la actual capital de Colombia, Bogotá, que se puso a la antigua Santafé a raíz de la Independencia, no le pertenece propiamente, por cuanto fue la denominación de un pueblo indio, ahora extinguido, situado en lugar diferente.

Ciudad de iglesias y conventos

A los cronistas coloniales siempre les llamó la atención las numerosas iglesias y conventos que tenía Bogotá en sus primeros años. La Catedral y la Capilla del Sagrario, San Ignacio, San Francisco y Santo Domingo (demolida a finales de los años cuarenta del siglo XX y cuyo lugar ocupa hoy el edificio Murillo Toro), San Agustín y La Candelaria, Santa Clara, La Concepción y Santa Inés (demolida en 1950 para la ampliación de la carrera Décima), el Carmen y La Enseñanza. Esto, sin contar las ermitas de Belén, Egipto, Las Cruces, Las Aguas, Monserrate, Guadalupe, La Peña y San Victorino (que se cayó con el terremoto de 1827), las iglesias parroquiales de Santa Bárbara (hoy abandonada) y Las Nieves, La Recoleta de San Diego, La Veracruz, La Tercera, El humilladero (ubicada en la actual carrera 7ª con calle 16) y La Capuchina. Al lado de estas iglesias y conventos se fue formando paulatinamente la ciudad.

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Ciudad de pocas diversiones

El cronista Casiano, en sus “Colaciones”, dice que en los tiempos coloniales, después de las comidas, los santafereños hacían tertulia en algún almacén de la Calle Real (hoy Carrera 7ª) o de la Plaza Mayor (ahora de Bolívar). Por la tarde se paseaban lentamente por el altozano de la Catedral y de vez en cuando iban con sus familias a distraer sus ocios al paseo de Agua Nueva o a las vecindades del río Tunjuelo. “La primera comida se hacía a eso de las ocho; a las o once se tomaba alguna cosa; a las dos se servía la comida principal, a las cinco la merienda, y a eso de las diez, comenzaba la cena, que era abundante. La mazorca y la yuca, la arracacha, las papas, el maíz y el arroz, con algunas legumbres coloniales hacían el gasto principal; carnes las había de res, de cordero, de gallina y sobre todo de cerdo; por dulce se empleaba el melao de panela con cuajada de leche, y para suplir la falta de vino, se usaba la chicha, aún entre las familias principales, con raras y contadas excepciones”.

Las antiguas calles bogotanas

Hacia 1852, de acuerdo con el plano levantado por Agustín Codazzi, era común que las calles y carreras bogotanas se identificaran con algún nombre de un prócer, alguna ciudad o país. Ocaña (carrera 6ª entre calles 11 y avenida Jiménez), Pamplona (Carrera 5ª ), Túquerres (Carrera 5ª con calle 7), Socorro (Carrera 4ª  entre la calle 11 y la Jiménez), Caquetá (Carrera 3ª entre calle 11 y 15), Bocas del Toro (Carrera 3ª entre calles 7 y 11), Iscuandé (Carrera 2ª entre calles 9 y 11), Veraguas (calle 8ª entre carreras 4 y 7), Bolivia (Calle 10ª entre carreras 2 y 7), Tundama (Calle 13 entre carreras 2 y 7), Casanare (Calle 14 entre carreras 3 y 7) y Chiquiriquí, (avenida Jiménez de Quesada entre carrera 3 y 7). De todas estas calles las más importantes fueron las conocidas en la Colonia con el nombre de la Moneda, la Enseñanza y la Catedral, es decir, la actual calle 11 desde su cruce con la carrera 4ª hasta su desembocadura en la plaza de Bolívar.

Mujeres revolucionarias

Las mujeres bogotanas tuvieron una gran importancia en el proceso de revolución iniciado en 1810. Francisca Prieto y Ricaurte, esposa de Camilo Torres, fue una entusiasta seguidora de la Independencia., y organizó y asistió a reuniones secretas en las que se discutían planes revolucionarios. Fue en las comidas y en las fiestas nocturnas organizadas por ella, donde se planeó el golpe de Estado del 20 de julio de 1810. Entre tanto, Andrea Ricaurte de Lozano, también en Bogotá, colaboró en la lucha por la emancipación haciendo de su hogar un centro principal parta los conspiradores durante la reconquista española de la Nueva Granada. Sin embargo, las mujeres casi nunca conocieron los verdaderos planes revolucionarios de sus esposos.

Mujeres de armas tomar

Las mujeres bogotanas, tanto de la alta sociedad como de los estamentos pobres, jugaron parte activa en los acontecimientos del 20 de julio de 1810. Ese día, muchedumbres compuestas por hombres y mujeres expresaron su oposición a los “tiranos”, y exigieron la formación de una junta republicana. Entre las mujeres que estaban presenten figuraban las llamadas “revendedoras”, que odiaban amargamente a las autoridades españolas. Esa antipatía provenía en parte de las actividades de la arrogante y dominante virreina Francisca Villanova y Marco, mujer del virrey Antonio Amar y Borbón, quien –empeñada en enriquecerse a costillas del pueblo- mantuvo el monopolio sobre varios de los almacenes más importantes de la capital, especialmente de los restaurantes baratos.

¿El florero de Llorente?

La historia dice que para festejar la visita del oidor don Antonio Villavicencio, un grupo de criollos -encabezados por los hermanos Morales- fue hasta la miscelánea del español Antonio Llorente a solicitarle prestado un florero para adornar la mesa del banquete. Pero el chapetón se negó a facilitar el florero y eso desencadenó una pelea que, a la postre, originó el grito de Independencia. Sin embargo, el florero que se exhibe en la casa museo del 20 de julio, en Bogotá, tiene una historia particular. La porcelana perteneció al pintor Epifanio Garay,  quien un buen día de 1882 lo donó al Museo Nacional porque -según él- estaba en la tienda de Llorente. De ahí pasó en 1960 al museo. Lo cierto es que no hay pruebas fehacientes que digan que, evidentemente, era de Llorente y mucho menos que esa bella obra incendió la flama de nuestra independencia.

Los alemanes en Bogotá

Banqueros alemanes, como los Welser -la familia de banqueros de Augsburgo  y una de las principales casas financieras de Europa en la primera mitad del siglo XVI-, financiaron las primeras expediciones a los territorios indianos. El emperador Carlos V de Alemania y I de España apoyó las expediciones alemanas hacia lo que hoy es Venezuela y Colombia. Ambrosio Alfinger, Jorge Spira y Nicolás o Nikolaus de Federman se aventuraron por estos territorios. Federmann, en cierto sentido, también es fundador de Bogotá, pues sus tropas llegaron casi al mismo tiempo en que lo hacían las del Adelantado Gonzalo Jiménez de Quezada. Tras un pleito jurídico, el monarca español resolvió que Quesada era el único fundador. Pero Federmann estuvo presente aquí, en la plaza Mayor, cuando se formalizó la fundación jurídica de la capital, en 1539.

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