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La casa embrujada

Por: jstorres
Publicado el: Mayo 2018
Las historias de fantasmas y de presencias “del más allá” forman parte del anecdotario bogotano.

Este caso comenzó en 1912, en las oficinas del Concejo Municipal. Era otro oficio más para revisar; es un contrato de arrendamiento que celebró el Personero Municipal “con un particular, para hacer uso de una casa del Municipio por tiempo determinado”. El contrato fue celebrado el 6 de septiembre de ese año entre el Personero Municipal de la época, Arturo Campuzano Márquez, y el secretario del Concejo Municipal, Antonio M. Londoño.  Esta casa estaba situada en la carrera 5ª número 255 y el fin del contrato era la de “buscar un tesoro que se dice debe haber allí”.

El secretario del Concejo Municipal se había enterado de los rumores que había de esa casa. El uso por parte del secretario sería por un determinado lapso de tiempo y, se estipulaba en el contrato, “tratará de no ejecutar trabajos que hagan peligrar la estabilidad del edificio”. La repartición del tesoro era 50% para el señor Londoño y el 50% para el municipio.

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Sin embargo, él no era el único enterado de los rumores. Julio Salgado G. escribe al Concejo escribe al Concejo:

“Tengo informes fidedignos de personas que merecen toda mi confianza de que en esa finca se encuentra oculto un tesoro, y haciendo uso del derecho consagrado en los artículos 700 a 705 del código civil, ocurro ante ud dando el presente denuncio y solicitando el permiso del caso para hace las escavaciones (sic) pertinentes hasta obtener tal tesoro”

Denunciaba en este memorial que él había acudido primero al Personero, pero este se negó rotundamente a recibir su caso. Esto generó una de las primeras polémicas en el Concejo Municipal puesto que aquel funcionario no esperó la autorización del contrato, lo cual se hizo casi inmediatamente después de firmado y que el Personero desatendió la petición del señor Salgado. Además, no se entendía por qué el secretario estaba firmando un contrato como particular. A pesar de que se pidió la anulación, el Concejo lo aprobó. Además, en la revisión del contrato, se evidenció que este estipulaba que las partes “se compromete a guardar completa reserva de todo el caso”

Se manifestaba que las excavaciones eran tantas en la casa y tan profundas que no tardó en empezar a crear preocupación entre los vecinos. Uno de ellos, Juan Evangelista Villalobos, ya se había quejado en 1912 de las profundas excavaciones que, según él, destruyeron su casa. Juan Evangelista pedía al Concejo Municipal se le indemnizara por daños y perjuicios.

Pero esto no solo quedó ahí. La prensa se enteró del hecho. La Gaceta Republicana del jueves 3 de octubre de 1912 realizó un reportaje “El tesoro de la carrera 5ª”. Allí informaban de lo arruinada que estaba la casa y de los múltiples huecos de las excavaciones gracias a la “empresa de buscar un tesoro”

Ellos publicaron que “un año hace que un caballero cuyo nombre no queremos acordarnos por hoy” decía que tenía un tesoro en sus manos, pero para eso necesitaba la cooperación del municipio. De este tesoro se enteró gracias a los Aparecidos Trasnochadores. La prensa no quería creer en los fantasmas, pero hicieron la salvedad de que no hay que creer en brujas, pero de que las hay, las hay.

De la casa decían que “escapaba un vaho de ultratumba, un escalofrío de muerte”. Por declaraciones de los vecinos, supieron que hace algunos años vivían unas hermanas rezanderas. Mientras ellas vivieron en esa casa se decía que se veía dos padres capuchinos sentarse en el solar. Cuando la iglesia de Las Nieves tocaba las campanas a medianoche “armaban los padres una gazapera monumental. Ruidos de cadenas, llamas arrojadas por los ojos, manos que esgrimían uñas fabulosas. Todo esto en medio de una luz espectral capaz de helar la sangre del más valiente. Luego los padres se convertían en humo”

A pesar de esto, ellas no dejaron de habitar la casa. Un vecino comentó a la prensa “Yo creo que llegaron a tomarle cariño a la serenata”, la cual se repetía todas las noches. Al morir las hermanas, una de ellas en completa soledad, llegaron a vivir dos señoras que aseguraban que los mismos padres capuchinos les habían dicho que allí había un santuario.

Se rumoraba que si se había encontrado el tesoro que consistía en 20 millones en morrocotas, pero que los peones se lo habían llevado. Esta situación conllevó acaloradas discusiones dentro del Concejo Municipal, según lo afirmaba la prensa. La Gaceta hizo el pedido que, si alguien sabía la verdad de esto hecho, por favor, lo comunicara ¿Sería verdad que encontraron el tesoro? ¿Este fue robado? Esta es una incógnita para la historia.

En cuanto a este caso, se puede afirmar que es uno de los tantos que encendió la polémica por la superstición de la muchedumbre. El ideal de la razón no concebía que aun la civilización occidental diera cabida a estas supercherías.

Por Ima Poveda

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