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De segunda, como de primera

Por: jstorres
Publicado el: Enero 2018
La tradicional plaza España es el epicentro de la venta de ropa usada.

Hace unos 20 años llegó una mujer a las inmediaciones de la Plaza España en busca de prendas usadas para hacerle a su hijo un disfraz de Michael Jackson que requería con urgencia para una de las presentaciones teatrales del colegio. Esta mujer, llamada Esperanza Pintor, dice haberse enamorado inmediatamente de la cantidad de ropa que vió. Cuando salió de allí, no sólo se llevó el disfraz en cuestión, sino también la idea de trabajar vendiendo ropa usada. Este suceso resultó tan impactante para ella porque le recordó escenas de su infancia en el barrio Santa Teresita, en el que vivió una estrecha relación con la parroquia. Cantaba desde muy joven en el coro de la iglesia y ayudaba en actividades de la misma como las  colectas de ropa usada que hacían los sacerdotes para repartirla entre las personas que la necesitaban. En estas últimas, recuerda cómo algunos ropavejeros -las personas que compran y venden ropa, baratijas y demás útiles ya usados- recibían parte de dicha ropa para vender.

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Tampoco olvida que, en Chapinero, algunos comerciantes vendían prendas importadas en grandes cantidades que su mamá compraba tanto para vestirla a ella y a sus hermanas como para vender. “Llegaron los containers” anunciaban los comerciantes que nunca ha podido olvidar. La ropa en grandes cantidades, tanto nueva como usada y el comercio hacían parte de los recuerdos de una bella época de infancia. Estos momentos fueron indisociables, para ella, de esta visita a Plaza España, desde la cual surgió una inquietud que se convertiría en un proyecto de vida.

El no haber sido nunca empleada y verse de frente con la opción de ganarse la vida empezando con una inversión de dinero poco elevada la lleva a rentar una de las casetas destinadas para vendedores de ropa usada y dedicarse a este oficio por años. Hoy en día la distinguen en la localidad de Mártires como Esperanza Ropavejeros, reconocimiento que porta con orgullo siendo que, como ella lo destaca, le debe todo lo que tiene a la ropa usada. Dicho apelativo es el que recibe en las asambleas donde confluyen representantes de varios de los muchos espacios comerciales de la localidad. Los ropavejeros han ganado un espacio importante de participación entre los comerciantes de la zona y han ganado ciertas garantías que han permitido un lugar estable y seguro para realizar su trabajo. Sin embargo, su presencia como grupo organizado y las garantías recibidas son recientes en la larga historia de la Plaza España, lugar que ha pasado por distintas posiciones en la sociedad bogotana desde su creación a finales del siglo XIX.

Este espacio fue creado en 1883 bajo el nombre de Plaza de Maderas y en él comenzaron a llegar materiales de construcción y miel al por mayor. Junto a las plazas de mercado de las parroquias vecinas, formaba parte de un circuito comercial muy concurrido. Sin embargo, este lote no pasó a manos del municipio hasta la última década del siglo XIX, cuando se le compró a la familia Valderrama. Una vez en manos del municipio, el Concejo decide asignarle el nombre de Plaza España en 1902 mediante el acuerdo número 15. En esta primera década, la ciudad seguía concentrada en gran medida en las parroquias de Las Nieves, Las Aguas, Egipto, Santa Bárbara, Las Cruces, San Pablo y San Victorino. Esta última, en donde se ubica la Plaza España, muy cerca de la estación de Paiba, era considerada un espacio bello y de “buena situación”, tanto así que se consideró importante adornarla con las estatuas de Isabel la Católica y Colón que hoy reposan en la Avenida El Dorado, y antaño en la antigua Avenida Colón, hoy la reconocida Avenida Jiménez. Y en Puente Aranda.

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Entrada la segunda mitad del siglo, la Plaza se convirtió tanto en una importante central de abasto como en el punto de salida de los buses que iban con destino a otras ciudades del país. Su localización, en relación a las vías de comunicación se hizo cada vez más estratégica para el comercio y, al parecer, fue la llegada masiva del transporte de buses intermunicipales y el uso del espacio como terminal la que empezó a transformar este espacio. La inseguridad hoy en día denunciada de manera extensa empezó a aparecer. El prestigio con el que contaba la plaza entre los bogotanos decayó y para la década de los ochenta ya se encontraban en la prensa calificativos como “la vieja y horrible Plaza de España… refugio de ladrones, marihuaneros, prostitutas, sátiros”.

El comercio de ropa usada en la zona apareció de manera extendida en este escenario. Para 1982, el periódico El Siglo dedica una nota a la venta de artículos usados sostenida por los llamados “salderos” y “ropavejeros”. Describe los primeros como personas usualmente enfermas de lepra —sin dar algún sustento a esta afirmación— que buscan “ganarse la vida” pidiendo de casa en casa artículos usados o nuevos que cargan en sus costales y llevan hasta el ropavejero. Estos últimos ubicados en casetas —que el periódico afirma son unas 400 para ese año— les compran los artículos realizando los arreglos necesarios para venderlos, especialmente la ropa.  

Una situación similar fue la que encontró Esperanza Pintor al llegar a este lugar. Recuerda que en aquella época no existían los centros comerciales en los que se ubican ella y sus colegas hoy en día, sino que se rentaban casetas por día. Se instaló en la caseta 136 en la que al principio fue muy difícil vender. Pasaban días en que incluso no vendía nada, pero la constancia la hizo integrarse a la zona, saber cómo elegir con más precisión lo que compraba y sobre todo le enseñó a comprar en abundancia. Pasados algunos años, ya se hizo parte de las familias que trabajaban allí y cuya unión fue fundamental, pues han sido movidos de manera constante desde los años noventa. Actualmente, por mediación del IPES, como bien lo recuerda Esperanza, están ubicados en el lote que colinda al occidente con la plaza dentro de un centro comercial. En septiembre de 2001 el trabajo organizativo de los ropavejeros fue premiado en la alcaldía de Antanas Mockus.

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Es así como Esperanza y los demás ropavejeros de la Plaza España han escrito en las últimas décadas un capítulo más sobre la historia de este espacio. Esta unión está integrada por familias que siguen allí desde el inicio del negocio a mediados del siglo pasado y por otras personas como Esperanza que han llegado y se han quedado por la oportunidad de trabajar.

La labor que enorgullece a esta ropavejera ha enorgullecido a otros tantos que desde hace varias generaciones dicen además realizar una labor social con la venta de ropa usada. Si bien, son muchos los perfiles de los clientes que acuden a Plaza España, entre los cuales además abundan los revendedores, es común ver familias de muy poca capacidad adquisitiva buscando la vestimenta de sus hijos. Con orgullo, afirman que realizan un trabajo que da una opción a muchas personas sin recursos de vestirse. Varias personas llegan también vendiendo ropa de su familia en buen estado, lo que les permite un ingreso en medio de momentos difíciles. Incluso, los ya mencionados salderos, dicen los comerciantes, se ven beneficiados pues encuentran una opción de ganar dinero vendiendo la ropa que han pedido en las casas de las familias de la ciudad.

Imágenes:

  1. “Acuerdo no. 6 de 1896” En: Archivo de Bogotá, Base de Datos; Publicaciones Seriadas-Bogotá-Siglo XIX.
  2. “Acuerdo no. 11 de 1902” En: Archivo de Bogotá, Base de Datos; Publicaciones Seriadas-Bogotá-Siglo XIX.
  3. “Compran zapatos a $20, los embolan y los venden por $150” El Siglo, septiembre 1 de 1982. En: Archivo de Bogotá, Fondo: CINEP No, Topográfico: 54.0178.01
  4. “Ropavejeros harán una Mejor Bogotá” Periódico El Tiempo, 18 de septiembre de 2001. En: Archivo de Bogotá, Colección: Prensa de la Administración Distrital de Bogotá (Recortes de Prensa).

“Premian a Ropavejeros, vecinos y artistas” Periódico El Tiempo, 13 de septiembre de 2001. En: Archivo de Bogotá, Colección: Prensa de la Administración Distrital de Bogotá (Recortes de Prensa).

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