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El siglo del Higienismo

Por: jstorres
Publicado el: Enero 2018
Bogotá no fue una ciudad reconocida por la higiene de su gente, sino por el contrario, por el hedor de sus calles lodosas.

Los dilemas del Estado moderno, la inestabilidad económica y la apertura de la ciudadanía no fueron las únicas batallas que se tuvieron que librarse a nivel público en los distintos regímenes republicanos del siglo XIX. Durante todo este siglo Bogotá no fue una ciudad reconocida por la higiene de su gente, sino por el contrario, por el hedor de sus calles lodosas en donde era común encontrar el fango mezclado con los excrementos de animales y personas vendiendo alimentos sin ningún tipo de problema. Solo fue hasta mediados del siglo XIX, después de los grandes terremotos de 1826 y 1827, además de las numerosas epidemias de viruela y tifo, que se empezaron a implementar las primeras políticas públicas para institucionalizar ciertas medidas de higiene básicas en el manejo de aguas, cadáveres y enfermos contagiosos principalmente.

Hasta bien entrado el siglo XIX, el sistema de aseo de la ciudad seguía basándose en la escorrentía, una estrategia colonial que consistía en aprovechar la inclinación de las calles para dejar fluir los desperdicios con el paso del agua lluvia. En los días secos, se arrastraba un madero tirado de bueyes o algún animal de tracción para raspar las capas de materia fecal y mugre que eran arrojados por las ventanas y balcones antes de gritar “¡Agua Va!”. Es de esta manera, que durante la primera mitad del siglo XIX se construye el Cementerio Público, o actual Cementerio Central, como una estrategia higienista impulsada por Francisco de Paula Santander para acabar con la costumbre cristiana de enterrar los muertos en las Iglesias y dar solución al problema de hacinamiento de cadáveres presente en los antiguos cementerios del Hospital San Juan de Dios y La Pepita.

A la Derecha: “Medicina Homeopática” por José Peregrino Sanmiguel EN El 20 de Julio (25/06/1865; No. 8; P. 1) – Archivo de Bogotá.

“El primero que abrió un curso de anatomía i cirujía en Bogotá, i una escuela de niños que  sirvió de modelo a los colegios de don Juan de Dios Haro, fué el doctor Pedro Pablo Broc  francés. (…) El primero que desde el año de 1837 abrió una consulta y dispensatorio  homeopático en Bogotá, fue uno de los discípulos del doctor Pedro Pablo Broc, señor Víctor  Sanmiguel, i (…) El primero que ha montado una farmacia homeopática i dispensatorio  público a favor de los enfermos pobres, es el (….) doctor José Peregrino Sanmiguel (…)”

No obstante, el legado de los escritos de Mutis sobre la viruela y los humores en Bogotá, además de la llegada de la medicina homeopática a la capital, permitió que los intelectuales higienistas del siglo XIX emprendieran un proceso de institucionalización de la higiene de manera lenta, pero efectiva. Por otro lado, la homeopatía empezó un auge como tradición médica durante todo este siglo, ya que declaraba las condiciones ambientales y de higiene como aspectos cruciales para la buena salud de las personas y el “cuerpo social”. Es de esta manera, que gran parte de las políticas de esta época empezaron a impulsar leyes que castigaban el vertimiento de basuras en cuerpos de agua y lugares públicos, además de la tenencia de enfermos de viruela y lepra en las viviendas; llegando a forjar así las tres áreas básicas que permitieron una institucionalización de la higiene: la beneficencia para el cuidado de huérfanos, locos, menesterosos o vagabundos en asilos financiados por la Municipalidad; las obras públicas, coordinadas por una secretaria y juntas homónimas que desde finales del siglo XIX se encargaban de la proyección, selección y aprobación de proyectos ingenieriles para la modernización de los servicios básicos de transporte (vías y medios de comunicación), alimentación (plazas de mercado), y aguas (canales, tuberías, acueductos modernos)en la ciudad; y finalmente, el ornato o el conjunto de normas estéticas que rigen los parámetros de diseño urbano y paisajístico de la ciudad, que a pesar de entrar fuertemente en desuso, para la época significaban un aspecto sumamente importante pues en él se materializaban las normas de urbanidad y las estéticas predominantes (neoclásico, modernismo y funcionalismo) de la sociedad de aquel entonces.

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Inauguración del Abrevadero de la Avenida Colón – actual Avenida Jiménez - (1910) – Fondo  Urna Centenaria – Archivo de Bogotá

Los abrevaderos y pilas públicas fueron la primera alternativa moderna empleada durante el siglo XIX y comienzos del XX  para asegurar las aguas destinadas para el consumo humano y de animales separada de las aguas residuales.

Sin duda alguna, el mayor higienista del siglo XIX en la capital fue Higinio Cualla (1841 - 1927), quien sería alcalde entre 1884 y 1900, convirtiéndose en el más duradero de la ciudad y el más apoyado por las élites locales, debido a su cercanía con figuras del regeneracionismo como Miguel Antonio Caro (1843 - 1909) y su primo Rafael Nuñez (1892 - 1898) – intelectuales muy cercanos al positivismo, la homeopatía y el conservadurismo político. A Cualla le debemos toda la ciudad industrial de finales del siglo XIX y la intensión de transformar lentamente el paisaje de Bogotá a partir de la modernización de tres espacios concretos en la capital: los de manejo y distribución de productos alimentarios, por lo cual se destacan las obras en la plaza de mercado y el matadero de Nuestra Señora de la Concepción; los referentes al sistema de servicios públicos de transporte, acueducto, alcantarillado, telecomunicaciones y electricidad, establecidos en la ciudad mediante contratos a firmas y personas privadas; y los de carácter público como plazas, parques y sedes de instituciones que empezaron a modernizarse.

Si bien, para muchos el higienismo o la intensión política de entender la sociedad como un cuerpo que debe ser tratado mediante la política está profundamente anclada en fundamentos racistas y en políticas basadas en la segregación de la población que se encuentra en situaciones de vulnerabilidad; no se puede negar que como proyecto político y planes de intervención social marcó cambios notables en la forma como vivimos hoy, logrando hallar una solución a las mortíferas epidemias de tuberculosis, viruela, sarampión y tifo que azotaban a las masas de población y tenían un lugar especial dentro de las las políticas, la prensa, la literatura, las artes y todas las expresiones culturales de la época.

“Resolución sobre la cual se dictan varias procedencias sobre salubridad pública.” EN Registro Municipal (15/03/1875; No. 13, P. 52) - Archivo de Bogotá

“(…)Los infrascritos, miembros de la Junta de Sanidad de esta ciudad, en cumplimiento de sus deberes i en uso de las atribuciones que le confiere la lei, resuelven, 1º Establecer una casa hospital, destinada exclusivamente a la asistencia i curación de los enfermos atacados del sarampión, que reúna las condiciones convenientes para este objeto; (…) 2º Procurar por todos los medios posibles , i hasta donde las leyes i las circunstancias pecuniarias del distrito lo permitan el aseo de las calles i casa de la ciudad; (…) 3º Aislar completamente por medio de paredes todos los muladares i lugares donde se arrojan inmundicias (…); 4º Hacer retirar del centro de la ciudad los establecimientos en los cuáles haya materias orgánicas en putrefacción o fermentación (..); 8º Establecer en la ciudad hasta cuatro oficinas de vacunación, distribuidas convenientemente por el Jefe municipal (…).” publicado por los miembros de la Junta de Sanidad M. Plata Azuero, Antonio Ospina, Juan de Dios Riomalo, Ángel Chávez y Evaristo García.

“Comisión de la Casa de Refujio” EN El Constitucional de Cundinamarca (10/10/1841); No. 10; PP. 2 – 3 – Archivo de Bogotá.

“(…) Los edificios construidos con la mejor solidez, comodidad y decencia posible no dan lugar a reparo alguno. Los departamentos de hombres y mujeres, están perfectamente incomunicados, sin que los reclusos puedan burlar la inspección y la vigilancia de sus respectivos mayordomos. (…) Los expósitos se hallan con sus amas de leche necesarias para su alimento y cuidado (…). Las máquinas de hilar, tejer y otras, se hallan corrientes, siendo los tejidos y demás obras que allí se hacen, bastante regulares. (…) En los talleres de sastrería, carpintería y zapatería se encuentran algunos jóvenes mui aplicados al trabajo y bastante adelantados (…). La comisión ha visto también un cuarto de ropería con vestidos de manta para los mendigos y ha presenciado comida, pan y chocolate que se les pone conforme al reglamento de la casa. (…)

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