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Julio Torres y Los Alegres Vallenatos

Por: jstorres
Publicado el: Julio 2018
El 9 de enero de 1951, ahogado en las playas de Cartagena, falleció el compositor y cantante bogotano, fundador del primer conjunto vallenato de la capital.

A comienzos de diciembre de 1950, el diario El Espectador publicó una noticia a dos columnas en la que se anunciaba el “próximo viaje a México” del joven compositor Julio Torres y su hermano Carlos, quienes formaban parte de una delegación folclórica llamada “los hoteleros colombianos”, organizada a instancias de la artista colombiana Alicia Caro. La idea, según dijeron al diario, era quedarse unos seis meses en el país azteca, “dar a conocer nuestros aires folclóricos y participar seguramente en una película” con Agustín Magaldi, el legendario cantante argentino.

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Para entonces, el “benjamín de los compositores colombianos”, como definían a Julio, se había convertido en el artista revelación en Bogotá e inclusive en México y Venezuela. Su música se escuchaba en las emisoras, en la Voz de la Victor, en Nuevo Mundo, en la Nueva Granada y sus discos se vendían “como pan caliente”. Había nacido el 27 de marzo de 1929 en la familia conformada por Julio Torres Parra y Rosa María Mayorga. Su padre fue pianista y pariente de la famosa actriz y cantante bogotana Sofía Álvarez, quien emigró a México en 1928 y luego actuó en la primera película sonora mexicana, Santa, de 1930, y protagonizó  filmes como Ahí está el detalle, de Cantinflas, y otros títulos junto a Pedro Infante. Ambos recorrieron casi toda Colombia con la compañía artística “La petit trianon”, a comienzos de los veinte.

La Bogotá de entonces era una ciudad pequeña, pacata y casi conventual, que se abría tímidamente a la modernidad y pretendía ser tan cosmopolita como Buenos Aires y ciudad de México.  Tras el asesinato de Gaitán, y quizás para exorcisar tantas desdichas y tragedias, los cachacos se entregaron con frenesí a bailar el porro y la cumbia en el Club Metropolitan,  ubicado en los sótanos de la avenida Jiménez, o en el elegante salón de baile del Hotel Granada, frente al parque Santander, interpretados por las orquestas de Lucho Bermúdez y Alex Tovar. En una urbe de pasillos y torbellinos, de literatos y poetas, en las emisoras se trillaban una y otra vez los “vallenatos” en guitarra de Guillermo Buitrago. Tal fue el escenario artístico musical, por decirlo de alguna manera, en que creció la generación de finales de los cuarenta. Y claro, entre ellos estaba Julio Torres.

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Ahora, cincuenta años después, sentada en un cómodo sillón para la entrevista, con recortes de prensa en la mano que elogian a Julio Torres, y un dejo de nostalgia, su hermana mayor, Marina, rememora aquellos tiempos.

 “De mi padre, nos vino la vena musical, y yo creo que por eso Julio se dedicó muy pronto a cantar y a componer. De noche estudiaba bachillerato y de día trabajaba en la droguería Nueva York. Cuando tenía 17 años le compró una buena guitarra a un amigo y se entusiasmó tanto que adquirió un método para estudiar el instrumento; creo que también se matriculó en las Escuelas Internacionales, que ofrecía cursos por correspondencia.  Pero creyó que era mejor estudiar en una academia”, agrega. En efecto,  se matriculó en el Centro de Cultura Social y empezó estudios formales de música con los maestros José Vicente Chala y el compositor y pianista santandereano Oriol Rangel. En este instituto compuso sus primeras canciones: el vals “Recuerdo de tu amor” y los boleros “Fue un atardecer”, “Mujer”, “Amor de un día”y “Tu amor no me importa”. 

Alternando su trabajo como almacenista-jefe de la cooperativa de trabajadores de Avianca, con frecuentes y asiduas presentaciones en radio y en fiestas familiares, Julio Torres empezó a componer lo que era conocido entonces como  “música caliente”, es decir, porros, cumbias y merengues.

“En cierta ocasión, acota Marina, estaba en la casa estudiando y le dio por fumar. Entonces le preguntó a mi abuelita, Berenice Torres, si tenía algunos pielroja por ahí, y como le contestó que no decidió irse a la tienda a comprarlos. Mientras charlaba con un amigo y se fumaba su cigarrillo se desgajó un aguacero y decidió irse rápido a la casa. Pero quizás porque mi abuelita ya no escuchaba bien no se dio cuenta de que Julio estaba golpeando a la puerta, empapado de agua”. Más tarde, mientras se secaba, al calor de un chocolate con queso, Julio se sentó en el comedor y ahí mismo, en media hora, le vino la inspiración para una jocosa canción:

“El aguacero que me está cayendo

Negrita linda ya me tiene loco...

Con este frío que me está matando,

y del aguardiente queda ya muy poco.

Ábreme la puerta, mi nena,

Que me estoy mojando...

Ya no aguanto más este aguacero,

me estoy congelando”.

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Otra tarde, la del 17 de diciembre de 1949, mientras iba en un bus del centro de Bogotá hacia su casa en el barrio Ricaurte, Julio se enteró por un pasajero que estaba leyendo el periódico de que Myriam Sojo Sambrano había sido elegida semanas antes como reina del Concurso Nacional de Belleza, en Cartagena. “Como estaba sonando en el bus una canción de Garzón y Collazos, que tenía un verso que se refería a los camarones, pues a Julio se le ocurrió hacerle el homenaje a la reina usando también algunos versos de los camarones”; le pidió que le buscara una hoja de papel y delante de Marina y de su hermano Jaime le resultó otra canción:

“Camaron de mi vida,

los chirriquiticos

los zambullidores que andan

por debajo del agua,

por debajo del agua clara

por debajo del agua,

por debajo del agua clara...”

Con esta composición, Julio Torres se presentó a un concurso de música en la emisora Nuevo Mundo y ganó el primer premio de 500 pesos. Como era de esperarse, y gracias a la popularidad de esta canción, las ofertas para grabar discos llegaron de inmediato. El ingeniero electrónico Gregorio Vergara, conocido en Bogotá por un taller de reparación de radios ubicado en la avenida Caracas con calle 18, había decidido crear una empresa de discos con una máquina prensadora de acetatos que obtuvo tras un negocio. Creyó que una manera rapida de dar a conocer su nueva empresa discográfica era contratar al joven intérprete. Le pagó 300 pesos por los derechos de Los Camarones y a principios de junio de 1950 grabó esta pieza -junto con El Aguacero- en los antiguos estudios de la emisora Nuevo Mundo, localizados en la carrera 9 No. 12-23.

Para las grabaciones, Julio se hizo acompañar de un conjunto integrado dos años antes por varios de sus amigos: los barranquilleros Homo y Custodio Morales, Eliseo Márquez, José Mejía y Jorge Rojas ( acordeón, dos guitarras, guacharaca y bongó). “No recuerdo de quién fue la idea, acota Marina, pero lo cierto es que a ese conjunto le pusieron por nombre Los Alegres Vallenatos. Es posible que hubiera sido en homenaje a Guillermo Buitrago, a quien Julio admiraba, y quien se hizo conocido en Bogotá por la canción de la Víspera de año nuevo”.

A finales de septiembre de 1950, se hizo el lanzamiento oficial de la empresa de discos Sello Vergara con el prensaje de Los Camarones y El Aguacero, de las que para diciembre de ese mismo año se habían vendido 300 mil copias. Naturalmente, y convencido de que Torres era una mina de oro, Vergara firmó con Torres un contrato de exclusividad por un año. A cambio le ofreció 200 pesos por la firma del contrato, 100 por cada pieza grabada, 50 por cantarla y una regalía de 6 centavos por disco vendido. Torres se comprometió, de inmediato, a grabar otras diez canciones: “La canoa”, “La lora de don Facundo”, “Cuando aparece el amor”, etc., que también fueron grabadas en el radio teatro de Nuevo Mundo. (En otra sesión, y por sugerencia de Torres, se grabaron otras dos composiciones con el acompañamiento del cantante magangueleño Tito Avila, voz principal en “Mi totuma y “El sancocho”, y quien es  conocido por ser el intérprete original del merengue “Arbolito de navidad”, de José Barros).

Como homenaje a su novia Olga, hija de Gregorio Vergara, Torres se animó a componer algunas canciones para llevarlas al estudio:

“Dicen que yo no te quiero

porque no me ven contigo

a cada rato.

Eso no es cierto prenda

de mi vida,

Esos son cuentos

de tu primo el ñato...”

O esta otra:

“Cuando aparece el amor

ya no se piensa más en esta vida

cuando ese amor se nos va

ya nada nos puede consolar,

y yo le digo a mi nenita consentida

que no se vaya muy lejos

porque me puede matar (bis)”

También se animó a “retratar” a uno de los más personajes más excéntricos de la Bogotá de los años treinta y cuarenta, Manuel Quijano y Guzmán, conocido como Pomponio, quien lanzaba improperios a quien lo “invitara” a comer queso.

“Señores he recibido

noticias nuevas del manicomio,

dicen que un loco allá ha llegado

es muy simpático se llama Pomponio.

Cuando en Bogotá paseaba

todas las calles andaban de fiesta,

por allá vienes miren a Pomponio,

díganle duro que si quiere queso.

Mirá Pomponio habla más pasito,

Mirá que ahí viene una señorita…”

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Igualmente compuso tonadas sobre anécdotas que le ocurrieron en algunas fiestas a las que fue invitado con Los Alegres Vallenatos. “Fueron donde un señor llamado Facundo, y a la mitad del toque el señor paró el baile y le reclamó a mi hermano porque había dejado abierta la puerta y se había escapado su lora consentida”, asegura Marina. Aunque ellos negaron tal acusación, el suceso le sirvió a Julio para otros versos musicales:

“Don Facundo dice,

don Facundo dice

que su lora se perdió.

Que los vallenatos,

que los vallenatos

la sacaron al portón…”

Ante el repentino y contundente éxito del compositor bogotano, Hernando Téllez, director de la antigua revista Semana, le encomendó a su jefe de redacción, Belisario Betancur, un reportaje con el joven artista. En la última edición del año, la del 30 de diciembre de 1950, apareció el rostro de Julio Torres rodeado de camarones, dibujado por Enrique Carrizosa. Se tituló “El autor de los camarones: para cada fiesta un merengue”. Adentro, entre las páginas 26 y 28, se hace un recuento somero de la vida del artista, aparece la única foto conocida de Los Alegres Vallenatos y se transcriben las letras de algunas de las más populares canciones de aquel año, entre ellas, además de las de Torres, La piña madura, de Guillermo Buitrago, y Salsipuedes, de Lucho Bermúdez.

En el primer intertítulo del reportaje, “No han visto el mar mis ojos”, el periodista señala las virtudes del cantante bogotano:

“El estudiante por corrrespondencia y compositor Julio Torres, no conoce el mar. Sin embargo es, a los 21 años, uno de los principales autores de música costeña en Colombia. Los camarones y El aguacero encabezan la mayoría de las listas cuando se quiere determinar cuáles fueron las canciones más populares de 1950. Y han sido de las más oídas por radio. (…) Gracias a los alegres (y para algunos hasta salvajes) ritmos costeños, la música colombiana domina en estos días, aún sobre los ritmos extranjeros cantados por el trío Los Panchos. En las viejas navidades y año nuevos, era la música antillana la que mandaba la parada, o mejor, el movimiento. Algo se ha avanzado en materia de nacionalismo, aunque en cuanto a calidad todo es igual. (…) En una canción popular no existe -y sobra buscarla- la misma pureza literaria, aún gramatical, que en una romanza clásica. Es su música la que pretende alegrar, y si lo logra, el autor ha triunfado. Como ha triunfado Julio Torres con Los camarones, nacido de un suceso de la actualidad, sobre la observación de una cadencia en un bus, y de unas coplas tolimenses anónimas que comienzan (así): camarón de mi vida.”.

Orgullosos de su nieto e hijo, la abuelita y madre de Julio guardaron aquella revista Semana, la 219, “y cada vez que alguien nos visitaba ellas sacaban el reportaje y duraban horas y horas hablando de los logros de mi hermano”, dice Marina. Curiosamente,  y por esas cosas del destino, Torres no alcanzó a ser testigo de su propio éxito. De hecho, es posible que no alcanzara a leer el reportaje de Semana, pues este apareció el 30 de diciembre de 1950, el mismo día cuando viajó a conocer el mar, en un vuelo de Avianca que partió del antiguo aeropuerto de Techo.

Con el dinero que le pagó Vergara y algunos ahorros preparó viaje hacia Cartagena con Olga Vergara, su novia,  y sus cuñados, Estela y Germán. “Después de tantas cosas, de estar grabando y todo lo demás, decidió que ya no esperaría tanto. Poco antes de partir me dijo que se iba de incógnito para estar tranquilo y porque los periodistas lo acechaban y a él eso le incomodaba. Se hospedaron en el Hotel Cartagena y al tercer día de llegar salieron a bañarse. Él se puso a cantar “la vieja Sara”, de Rafael Escalona, y estando en esas le dijo a Olga que se sentía ´como mal´, y al momentico se fueron a bañar.  Me cuentan, porque yo no vi nada de eso, que estando todos ya en el agua, apareció de pronto una ola inmensa y los dispersó. Y entonces Julio, al ver que la ola se llevaba a Olga, la agarró pero no pudo sostenerla y la ola se lo llevó a él”.

Un día cualquiera de 1966, el fallecido cantante, compositor y productor Nelson Díaz, fundador de Los 50 de Joselito y hermanastro materno de Julio Torres, coincidió con un grupo de amigos en una fiesta organizada por la empresa de discos CBS, donde él trabajaba. “Estando en esa reunión se me acercó el jefe de prensa, el periodista antioqueño Raúl Molina Isaza y me dijo,

-´Usted se ríe como un amigo mío´-

Yo no le di mayor importancia al comentario, que me repitió un par de veces, y ahí terminó el asunto. Pero en otra reunión, a la que asistí con un conjunto vallenato que tenía, me encontré otra vez con Raúl y me hizo el mismo comentario, de que yo me reía como un viejo amigo suyo y que tocaba muy parecido la guitarra. Cuando terminamos de tocar me acerqué a él y le dije

- ´Bueno, don Raúl, usted me tiene intrigado porque me lo ha dicho varias veces, ¿ a quién me le parezco?

-Y él me dice, ´pues a un amigo mío que murió casi en mis brazos hace muchos años, y al verlo a usted se me pareció a él y me dio mucha nostalgia. Se llamaba Julio Torres´.

De inmediato, Nelson Díaz le revela el parentesco y Molina Isaza, emocionado, lo abraza de inmediato,  se echa a llorar y le dice,

-´Yo estaba con él en ese momento... Lo sacamos a la playa y él tenía un golpe en la espalda, como si lo hubieran golpeado con algo contundente y, bocarriba, se le salían las lágrimas  y se quejaba del dolor tan terrible que sentía. Lo recojimos y lo llevamos al hospital. Pero déjame decirte que él no murió ahogado, él murió  asesinado.

Sesenta y cuatro años después de su fallecimiento, la familia de Julio Torres sigue creyendo que murió ahogado y revela el dictamen médico de la autopsia: “muerte por inmersión”.


El 3 de septiembre de 1951, pocos meses después de su fallecimiento, la fábrica de discos Sello Vergara anunció en el diario El Espectador el lanzamiento póstumo de la parranda Me alejo,ay ay ay”, cantada por Julio Torres y Los Alegres Vallenatos, prensada en un disco de 78 revoluciones por minuto con el número 2019A y por el reverso con el paseo Las margaritas, cantado por Ángel Fontanilla y el Trío Fonseca. El breve artículo periodístico remataba así: “cabe anotar que el malogrado compositor bogotano dejó grabadas un gran número de sus composiciones, las cuales han sido verdaderos hits (…) piezas que no sólo han tenido grande éxito en el país sino en el exterior, en donde el nombre de Julio Torres ocupa un lugar destacado entre los compositores latinoamericanos”.

Nota

*La entrevista a Marina Torres y Nelson Díaz, ya fallecidos, fue realizada en enero de 2003. El autor agradece a Luz Marina de Díaz la gentileza al facilitar algunos datos importantes para la elaboración de este reportaje, así como el acceso a las partituras originales de Los Camarones y Pomponio, obras cumbres de Julio Torres.

*Homo Morales, acordeonista de Los Alegres Vallenatos, se radicó en España a mediados de los años sesenta y allí murió. Su hijo Iker, nacido en Madrid, es un conocido cantante local. Los demás miembros de Los Alegres Vallenatos ya fallecieron.

Por Bernardo Vasco

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