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El lunes de las almas

Por: jstorres
Publicado el: Diciembre 2017
Los días lunes tienen un encanto particular en el Cementerio Central de Bogotá.

Los días lunes tienen un encanto particular en el Cementerio Central de Bogotá. El “lunes de las almas” o “lunes de las ánimas”, se ha convertido en el día en que cientos de personas llegan a visitar las tumbas de Leo Koop, las hermanas Bodmer, Julio Garavito o las almas olvidadas del cementerio. Muchas generaciones han participado en este culto depositando su devoción en distintos personajes, algunos de los cuales ya no son muy recordados como el padre Almanza. Otros personajes, por el contrario se han ido haciendo célebres entre los visitantes con el paso de los años, como Leo Koop, sobre quien, en 1976, el administrador del cementerio afirmó que “el culto popular por la memoria de don Leo data de hace más de un año" 1 y de quien trataremos más adelante.

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Pese a su gran cantidad de seguidores y a la devoción que ha acompañado esta práctica en el cementerio, su existencia ha sido motivo de rechazo para algunos sectores, principalmente católicos. En los años setenta, por ejemplo, algunos periódicos registraron el culto del cementerio tratando a sus fieles de forma despectiva e incluyendo en sus descripciones valoraciones como “Bogotá es el paraíso de los crédulos”. Es decir, tanto desde el arraigo a la versión más ortodoxa del catolicismo, como desde posiciones modernistas, se condenaba — o trataba con un dejo de exotismo y exhibicionismo — la devoción a las almas. Sin embargo, pese a esta valoración y perspectiva que persisten hoy en día, existen en el cementerio algunas personas que se han opuesto rotundamente a ella como el padre William Espinosa y sus colegas.

A pesar de llevar cuatro años ofreciendo su servicio, ha pasado sólo un año desde que al padre William se le encargó reemplazar a un sacerdote ausente para celebrar la misa de las almas en el Cementerio Central. Cada lunes, sobre la una de la tarde, el padre William se dirige al memorial de Leo Koop con una mesa plegable sobre la que ubica un cuaderno en el que los asistentes anotan los nombres de sus familiares fallecidos o peticiones de salud y trabajo tras ofrecer algún billete de baja denominación o unas cuantas monedas que depositan junto al cuaderno.

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Ni el padre William ni los otros tres sacerdotes que celebran estas misas se reconocen como católicos apostólicos romanos. Es decir, su práctica no sigue a la Arquidiócesis de Bogotá ni al Vaticano. Son, explica el padre, “comunidades de rito oriental” o “viejos cristianos”. El padre William, por ejemplo, se reconoce dentro de la comunidad anglicana, cuyos sacerdotes van a dónde los llamen y están en continuo contacto con las personas en sus espacios cotidianos, afirma él mismo.

Respecto al culto del cementerio, el padre es enfático en su rechazo a quienes su burlan de la devoción a las almas. Dice él:

Yo no le puedo quitar a la gente una devoción porque es parte de una experiencia de fe (…) es una devoción del pueblo y yo al pueblo no le puedo quitar o cambiar la mentalidad de una devoción (…) Yo, como le digo a la gente: “el que venga aquí, únicamente por burlarse o por hacer teatro, soltar la risa cuando esté frente a la tumba, no está haciendo nada, lo que está haciendo es burlarse de las personas”. Es fácil burlarse de las personas, pero, así como se burla uno de las personas, así Dios también le quita a uno bondades.

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¿Cómo llega a ser posible la presencia de estos sacerdotes tan particulares en el Cementerio Central? El papel de los sacerdotes ha sido de gran importancia para el culto que realizan los asistentes al cementerio. La capilla en la que hoy algunos de los devotos hacen su oración después de pasar por las tumbas y mausoleos, fue de hecho edificada por medio de la gestión del Arzobispo Fernando Caicedo en el año de 1839, apenas unos años después de que el Cementerio Central abriera sus servicios al público bajo el mandato del alcalde Rufino Cuervo. La capilla fue bendecida por el arzobispo el 27 de septiembre de 1842, acto con el que se abre de manera definitiva al público.

Sin embargo, el credo que profesan los sacerdotes de este cementerio que algunos llaman “sacerdotes populares” llega de forma contundente en el siglo XX a Colombia. La llegada de la Iglesia anglicana, por ejemplo, comienza con algunos ingleses radicados en Colombia que oficiaban las labores de capellanía a comienzos del siglo XX, pero fue hasta las décadas de los cincuenta y los sesenta que la presencia de líderes internacionales de esta iglesia en el país la hace más sólida. En la segunda mitad de los años setenta, durante el gobierno de López Pumarejo, el representante de la iglesia anglicana y arzobispo de Canterbury, Michael Ramsey, se reunió con el entonces jefe de Estado. Este encuentro hacia innegable la fuerza creciente de dicho movimiento religioso en Colombia. Varios miembros de dicho movimiento se caracterizaban por una apertura religiosa hacía la coyuntura de época, de manera que no era extraño que sus opiniones generaran polémica en los sectores más ortodoxos de la sociedad.

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En Colombia, en pleno auge de los métodos anticonceptivos a finales de los años sesenta, cuando se le preguntó a Ramsey por su opinión respecto al control de la natalidad, el arzobispo respondió “Nuestra posición es simple. Creemos que la procreación es una de las finalidades del matrimonio, pero también creemos que dentro de este deberán existir una serie de limitaciones sobre el particular”, lo que implicaba una posición flexible en medio del debate profundamente polémico para la época.

Esta apertura inscrita en la historia de la iglesia anglicana respecto al credo religioso más ortodoxo resuena con la posición actual del padre William Espinosa. El ejercer su oficio religioso de manera cercana a lo que él llama las devociones “del pueblo y para el pueblo” lo hace partícipe del espacio del cementerio y su cotidianidad, siendo capaz de reconocer toda una geografía espiritual en este lugar. Tanto él como los demás sacerdotes del cementerio, distinguen los lugares de culto en el cementerio por haberlos transitado a diario durante años. Entre estos se encuentra el memorial de Leo Koop, personaje a quien algunas personas que lo visitan describen como un jefe bondadoso que se preocupaba por emplear a cuantos pudiera. Para los devotos, la estatua del pensador que está en el memorial es de hecho el mismo Leo Koop, a quien le traen flores, le encienden velas, lo bañan con agua o cerveza y le hablan de manera suave y cariñosa al oído, tanto que algunas mujeres mezclan sus susurros al oído del busto —mediante el que le comunican sus peticiones y agradecimientos— con pequeños besos en la mejilla. A unos pasos, se encuentra el memorial a las hermanas Bodmer, en cuya parte superior, dos niñas son colmadas de dulces y juguetes por sus visitantes, que se suben en la reja del memorial para poder alcanzarlas y adherir a sus cuerpos los dulces que ya han tenido en su boca con la intención de que la saliva no permita que se caigan al suelo. También está el memorial de Julio Garavito que presencia una fila de personas que caminan alrededor del mismo, dando algunas palmadas a las cuatro columnas que lo delimitan a manera de saludo. Algunas arrojan arroz mientras piden favores o frotan billetes de distintas denominaciones en la columna central.

A pesar de que estos tres lugares son los más visitados, los sacerdotes del cementerio guardan en su memoria otros espacios de culto. Recuerdan, por ejemplo, el culto a Salomé, quien el padre William describe así:

¿Salomé quién era? Salomé era una señora que cuidaba a los hijos de las trabajadoras sexuales y atendía a las personas transgénero cuando se enfermaban o algo, era como la mamá de todas. Cuando ella falleció, a ella la velaron aquí en el barrio Santafé, la velaron en toda la mitad de la calle y la entraron y le hicieron un homenaje como si fuera un político y eso… eso hubo mariachis, hubo grupos musicales y de todo (…) eso hubo danza y de todo. Eso parecía más una fiesta que no unas exequias cuando murió Salomé.

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Reconocen además un par de sitios de devoción que están fuera de la elipse del cementerio: El rincón de las Almas y El Caracol. A ambos lugares asisten las personas con velas y flores como ofrendas para las almas olvidadas del cementerio a las que saludan palmoteando la pared. Aunque hay quien describe estos dos sitios —principalmente El Caracol— como lugares de brujería, que para muchas personas son tan importantes en el culto a las almas como los otros lugares antes descritos.

Estos lugares son recorridos por varias personas durante los lunes de almas, quienes los transitan rezando. Como parte del culto, varios de los devotos se han acostumbrado a la celebración de la misa de Leo Koop que realizan los sacerdotes, el único personaje entre los mentados al que se le celebra una eucaristía de manera rutinaria, pues a los demás se les realizan misas pagadas por los fieles y por encargo. El papel del sacerdote tiene gran importancia para muchos asistentes, pues, así como acuden a los vendedores de flores de las calles aledañas para obtener pequeños ramos que ofrecen a las almas, encuentran en la misa la posibilidad de ofrecer a sus propios seres fallecidos en oración y de ampliar la potencia de su devoción. Es común ver a las personas con unas pequeñas hojas de papel en mano con los títulos “Oración por el alma de Leo Sigifredo Koop” y “Oración a dios Todopoderoso por los méritos de Julio Garavito”, oraciones que fueron diseñadas por estos sacerdotes, son pronunciadas al finalizar sus celebraciones y son repartidas a los asistentes que las han pedido.

Los sacerdotes del cementerio hacen parte de una práctica reiterada que mantiene viva una parte de la dimensión religiosa de las personas que habitan la ciudad; y el lunes de almas, una pequeña muestra de la enorme diversidad de saberes y prácticas espirituales de la ciudad. Ambas dan crédito de la participación activa de las personas en la construcción de una dimensión espiritual al tiempo que carga la historia de los habitantes de una ciudad y sus distintas nociones de lo sagrado.

Imágenes

  1. “Un Campeón del progreso hace ahora milagros a los bogotanos”. Periódico El Siglo, octubre 10 de 1974. En: Archivo de Bogotá, Fondo: CINEP, Carpeta: Religión, No. Topográfico: 504.0003.25.
  2. “Bogotá donde conviven la devoción, la credulidad y la magia blanca” Periódico El Siglo, octubre 9 de 1974. En: Archivo de Bogotá, Fondo: CINEP, Carpeta: Religión, No. Topográfico: 504.0003.25
  3. “Bendición del Cementerio” Periódico Constitucional de Cundinamarca, 15 de septiembre de 1842. En: Archivo de Bogotá, Base de Datos; Publicaciones Seriadas-Bogotá-Siglo XIX.
  4. “Capilla del Cementerio” Periódico Constitucional de Cundinamarca, 29 de mayo de 1842. En: Archivo de Bogotá, Base de Datos; Publicaciones Seriadas-Bogotá-Siglo XIX.
  5. “Iglesia católica y anglicana continuarán diálogo teológico” Periódico La República, 19 de septiembre de 1842. En: Archivo de Bogotá, Fondo: CINEP, Carpeta: Religión, No. Topográfico: 504.0003.25
  6. Rincón de las Almas
  7. Misa de culto a Leo Koop
 

 

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