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La familia Cordero, floristas de oficio

Por: jstorres
Publicado el: Enero 2018
Crónica de los pioneros del comercio de flores en el Cementerio Central.

Desde finales del siglo XIX, extendiéndose hasta comienzos del siglo XX, varias epidemias azotaron la ciudad de Bogotá. Su propagación era atribuida al mal uso del espacio doméstico, especialmente al manejo de los cadáveres y los residuos del hogar. Como consecuencia, las políticas de higiene del gobierno estuvieron ampliamente relacionadas con la reglamentación de la construcción de vivienda. Con estas preocupaciones se crearon instituciones como la Junta de Habitaciones para Obreros (1919), que tenía como objetivo crear espacios de vivienda para los trabajadores y sus familias de acuerdo con  la normatividad vigente en torno a la higiene. Fue precisamente esta junta la que edificó el barrio Acevedo Tejada en los años treinta, lugar al que llegó a vivir María Concepción Cordero en compañía de su familia cuando tenía tan sólo 4 años.

El barrio se ubicaba en las afueras de la ciudad, sobre el camino a Fontibón, anexado a Bogotá  en 1954. Su cercanía con el Cementerio Central era conveniente para la familia, pues podían desplazarse fácilmente hasta este sitio todos los días para realizar su labor: vender flores sobre la actual calle 26 junto a otras familias, entre las que María Concepción recuerda a los Chacón y a los Caro.

Desde que llegaron de Fusagasugá en los años treinta, la familia Cordero se dedicó a este bello oficio, viendo las primeras décadas como iba creciendo la popularidad del Cementerio Central. Presenciaron cómo llegaron personas tanto de Bogotá como de sus alrededores para aprovechar la oportunidad laboral que representaban las visitas al cementerio. La calle 26 se convirtió en un centro de venta de diversos productos en el que hasta ollas con sancocho y gallina satisfacían las necesidades de los visitantes. El ingreso que proporcionaba el trabajo en el cementerio fue, para muchas familias, la posibilidad de un recurso monetario que les permitía una vida decente, como sucedió con María Concepción, quien gracias al dinero de la venta de flores pudo estudiar hasta segundo de bachillerato en Zipaquirá.

Miguel Cordero, sobrino de María Concepción, recuerda que, si bien al principio la venta de flores era realizada casi en su totalidad por las mujeres de las familias, en el momento en que el negocio empezó a crecer, los hombres participaron de manera más activa atrayendo compras al por mayor de flores que compraban a los dueños de los viveros de la Sabana de Bogotá. La bonanza de la segunda mitad del siglo les permitía incluso hacerse con las flores y pagar su valor una semana después a los dueños de los viveros, que sabían que la producción sería suficiente para cubrir la deuda. Habiendo crecido en medio de esta tradición, Miguel aprendió de su familia, pero principalmente de su madre, sus tías y abuela del oficio de las flores. Una infancia y juventud viviendo entre los arreglos florales de la calle 26 lo formó para perpetuar el oficio.

Desde que empezó a trabajar con flores, Miguel recuerda que las mismas —al igual que otros productos traídos a la ciudad para ser comercializados— llegaban a la plaza frente al hospital de San José, lugar hoy conocido como Plaza España. Desde allí se distribuían entre Paloquemao y el Cementerio Central. En este último, Miguel y sus colegas las compraban al por mayor para hacer arreglos que agradaban mucho a la población bogotana en general. Para Miguel, el comienzo de la segunda mitad del siglo pasado fue el auge de la venta de arreglos florales en la ciudad, pues además de algunas floristerías ubicadas en el centro de la ciudad, era en las inmediaciones del cementerio a donde debían dirigirse las personas que querían adquirir estas bellas elaboraciones. Tanto Miguel como María Concepción están de acuerdo en que el trabajo con flores se convirtió para la sociedad bogotana de esta época en un lujo y símbolo de prestigio. Reconocidos por su talento, la familia Cordero era buscada en el cementerio para elaborar decoraciones de eventos y fiestas especiales. La abundancia de gente que circulaba en el cementerio tenía que ver también con su expansión pues en la década de los cincuenta se construyeron las bóvedas del globo B más famosas: San Joaquín, San Juan, San Jerónimo y San Javier. Miguel recuerda la época diciendo:

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“Era sólo llegar acá y cogía plata, así sea cogiendo una escalera y un tarro con agua y ayudando a colocar las flores. Usted desayunaba, comía, almorzaba, tomaba y se iba con plata. Si se gastaba toda la plata se iba, volvía y al otro día salía con plata. Usted no necesitaba tener plata para trabajar acá, llegaba la gente con las flores, le dejaban las flores a usted ‘dentro de ocho días vengo’, tenga, usted trabajaba sin necesidad de plata”.

Tener trabajo garantizado y estar en un espacio reconocido por el oficio, le dio a Miguel la oportunidad de explorar otras técnicas en los arreglos florales distintas a las que aprendió de su familia. Él observaba revistas que algunos familiares traían del extranjero en las que se fotografiaban arreglos florales y a medida que veía distintos diseños, seguía su patrón logrando bellos productos que involucraban un esfuerzo meticuloso y mucha dedicación. Hoy en día, en un álbum fotográfico, Miguel conserva las imágenes de los que llama los “ramos antiguos” en los que señala que la gente usaba mayor creatividad, se salía de un modelo estándar y lograba composiciones más “silvestres”. Para las coronas fúnebres, por ejemplo, usaban musgo en la base y se alambraba cada flor, de manera que la redondez no era precisa pero el evidente trabajo manual dotaba de gran belleza a la corona. Se estaba fortaleciendo un arte.

Sin embargo, este “florecimiento” llegaría hasta cierto punto y sus protagonistas comenzarían a ver con el crecimiento de la ciudad cómo se marchitaba su profesión. En 1958, mediante el Acuerdo 30, se creó la Empresa Distrital de Servicios Públicos – EDIS. Entre sus múltiples funciones tuvo la administración del Cementerio Central. El espíritu modernizador que orientaba la expansión de Bogotá en esta época llevó a considerar como inconveniente el espacio comercial de la calle 26 y paulatinamente se fue despejando. Para el caso de los floristas y los marmoleros, en los años setenta la EDIS adaptaría locales comerciales sobre la actual carrera 19 para reubicarlos. Miguel afirma que este movimiento les hizo perder bastante visibilidad. A este hecho se sumó que la ciudad comenzó a expandirse hacia zonas que antes eran vistas como pantanos inhabitables. Es decir, la formalización realizada por la EDIS no correspondió con las dinámicas de consumo existentes en torno a las flores.

Tras la anexión de los municipios vecinos (Usaquén, Suba, Engativá, Fontibón, Bosa y Usme) en 1954 y la edificación de la ciudad hacia el norte, en el sur y occidente emergieron nuevos centros de comercio y vivienda; además de otros cementerios, el de Chapinero (1918) y del Sur (1940), que empezaron a atraer más gente que ya no acudiría al Central. Por un lado, la popularidad y casi exclusividad de la venta de arreglos florales para los difuntos del Cementerio Central empezaría a extinguirse, pero también es cierto que aquel lujo que se daban algunos capitalinos de comprar flores como ornato para eventos o como regalos de fina coquetería empezaría a adquirir competencia en otras partes de la ciudad y las personas que podían pagarlo acudían con mayor facilidad a las floristerías del norte de la ciudad. 

Además de trabajar con flores, Miguel aprendió a trabajar el mármol. Su sorpresa para esta época fue ver cómo muchas de las personas que trabajaban con flores empezaron a dejar su oficio para dedicarse al trabajo del mármol ante la inminente disminución de ingresos. Sin embargo, esta precipitada decisión y la intención de vender convirtió el trabajo del mármol en algo mecánico. Él y otros que habían perfeccionado la talla en mármol recibían con decepción este fenómeno. La bonanza se había acabado y cada día era más difícil ganar el sustento diario. Algunas familias empezaron a irse de la zona y las que se quedaron apretaron cada vez más su economía. Miguel, por ejemplo, reconoce que se quedó allí porque fue lo que aprendió a hacer, porque dedicó su vida entera a ello.

Al no haber clientes que invirtieran mayores cantidades de dinero en la compra de flores, se redujo la posibilidad de innovar en la elaboración de ramos y coronas. Los trabajos comenzaron a seguir modelos estándar y repetitivos como sucedió con las coronas que cambiaron su base de helecho por hoja de caucho e icopor. Posteriormente, la normatividad de uso del espacio público prohibió que se usaran los “burros”, mesones de madera ubicados fuera del local sobre los que se podían exhibir los arreglos realizados. De la época en la que se cerraba la calle por la cantidad masiva de visitantes que iban y venían con flores, se había pasado al confinamiento de los arreglos bajo un pequeño techo verde.

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En 1993 se suprime la EDIS y el futuro de los floristas y marmoleros se hace más incierto. Desde comienzos de este siglo, la falta de un ente encargado a cabalidad del funcionamiento de los locales comerciales ha traído consecuencias tales como el corte permanente del servicio se agua.

Hoy en día, varios locales comerciales de la Carrera 19 están abandonados mientras otros han sido, en varias ocasiones, tomados por habitantes de calle. Las personas que siguen trabajando allí buscan el sustento entre el trabajo con mármol y las flores en condiciones poco favorables. Los arreglos florales se han devaluado y quienes los hacen, reproducen unos cuantos modelos con claveles, pompones, crisantemos, chirosas y gladiolos, ajustando su precio entre 2.000 y 3.000 pesos. Ni siquiera las flores con las que se trabaja son las mejores, pues con la exportación, las mejores se llevan fuera del país o se destinan a floristerías renombradas de la ciudad y las que llegan al cementerio son de menor calidad, habiendo ausencia de las flores de moda como los lirios, los silvirios, las orquídeas o las llamadas aves del paraíso.

Miguel habla de su oficio con melancolía y afirma que en su familia él será el último en llevarlo a cabo. Sus hijos y sus sobrinos tomaron otros caminos, en parte motivados por sus padres quienes viendo el deterioro del oficio no querrían para sus hijos ni las condiciones económicas actuales ni los posibles problemas de salud que muchos de ellos han desarrollado a causa de la contaminación y de no tener entornos adecuados para trabajar.

 

Imágenes

  1. “El Mercado Persa del Cementerio Central”. En: Archivo de Bogotá, Fondo: CINEP, Carpeta: Religión, No. Topográfico: 504.0003.25.
  2. “Floristería El Parque” En: Archivo de Bogotá, Fondo: Secretaría Distrital de Planeación Unidad Documental Compuesta: Avisos Luminosos sin Licencia No, Topográfico: 605.2586.11
  3. “Arreglo matirmonial” Tomado del álbum de fotos de Miguel Cordero con su autorización.
  4. “Floristería Roma” Tomado del álbum de fotos de Miguel Cordero con su autorización.
  5. “Corona estilo antiguo” Tomado del álbum de fotos de Miguel Cordero con su autorización.
  6. “Corona estilo moderno” Tomado del álbum de fotos de Miguel Cordero con su autorización.

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